Conozcamas
En la búsqueda de un tratamiento
INSOMNIO ETERNO

Hay extrañas o al menos casi imposibles maneras de morir. Aplastado por un avión que cae del cielo, partido por un rayo o devorado por un tiburón en una playa del Caribe. Pero la historia sobre una rarísima enfermedad mortal que consume a las personas en pocos meses y no las deja dormir nunca más supera esos tipos de deceso y está a la altura de los mejores relatos de terror. Por D.T. Max. / reportes de francisca vives / ilustraciones de María Cristina Rodríguez.

Lo que leerán a continuación es un extracto del libro The Family That Couldn’t Sleep: A Medical Mystery (La familia que no podía dormir: un misterio médico) de D.T. Max. Publicado recientemente en Estados Unidos por Random House, relata un impactante caso real sobre un extraño padecimiento que afecta directamente el sueño de las personas. Junto al relato, la voz experta de dos neurólogos chilenos expertos en trastornos del sueño, tratarán de explicar lo prácticamente inexplicable.

En 1791, en un pequeño pueblo cerca de Venecia, nació un hombre llamado Giacomo. Los integrantes de su familia por lo general tenían un físico impresionante, eran fuertes y de hombros anchos (y aún lo son). Pero un día, en el otoño de 1836, a la edad de 45 años, Giacomo contrajo una misteriosa enfermedad. Empezó a sufrir demencia. A la larga fue confinado a una cama, donde permanecía despierto y atormentado. Después murió.
Giacomo tuvo tres hijos que lograron sobrevivir la niñez. Uno de ellos procreó a su vez seis. En el transcurso del siguiente siglo y medio, su descendencia proliferó. Algunos miembros de la familia se hicieron médicos y comerciantes importantes en el nuevo estado de Italia. Uno de ellos era dueño de 130 departamentos en Venecia, incluso de un palazzo en el Gran Canal. Pero junto con la prosperidad de la familia, crecía un inquietante récord de muertes prematuras. Al paso de las décadas se fue anotando en las actas de defunción raras enfermedades, como “epilepsia y fiebre” y “fiebre gástrica nerviosa”. Más adelante, estos mismos certificados citaban meningitis, mal de Economo, demencia presenil, leucoencefalitis, encefalopatía alcohólica e ictus. En realidad, la causa de muerte fue siempre la misma: insomnio familiar fatal (IFF), un padecimiento genético que se identificó formalmente sólo en 1986. Es cada vez más rara y, por un tiempo, los descendientes de Giacomo eran las únicas personas del planeta con la enfermedad de las que se tenía conocimiento (desde entonces, se ha diagnosticado en otras treinta familias, la mayoría en Europa y otras tantas en Estados Unidos).
El desarrollo de los síntomas del IFF es desalentador. Un ejemplo típico de la enfermedad se presenta un día cualquiera, entre los 50 y 60 años, cuando de pronto ya no se puede dormir toda la noche. El enfermo trata de compensar el desvelo al tomar una siesta por la tarde, pero no puede conciliar el sueño. Las pupilas se contraen. En los hombres, la afección causa impotencia sexual. Aumenta la presión sanguínea y se presenta una gran sudoración a medida que el cuerpo comienza a esforzarse cada vez más. En los meses siguientes, el paciente trata desesperadamente de dormir, a veces cierra los ojos pero lo único que consigue es entrar en un estado de ligero aletargamiento, que no proporciona un descanso real. Dentro del cerebro, la luz que controla el tráfico está siempre en verde. El organismo sigue empeorando hasta que pierde el equilibrio y la capacidad de caminar o hablar. Quizá lo peor es que lo único que permanece intacto, por un tiempo, es su capacidad para pensar, además de darse cuenta de todo lo que le pasa. Al principio puede hablar de su agonía e incluso escribir sus pensamientos. A la larga pierde este nivel de coordinación. A medida que el cuerpo se va apagando, la mirada desesperada en sus ojos indica que sabe lo que le espera. En la fase final, generalmente después de seis a ocho meses, el enfermo cae en coma y, por fin, muere. El Dr. Walter Avdaloff, neurólogo, profesor de la Universidad de Chile y especialista en trastornos del sueño, explica que las personas afectadas con IFF no responden a ningún tratamiento farmacológico “debido a que en ellos desaparece la estructura del sueño tal y como está concebida en la mayoría de los seres humanos. De esta manera, no presentan el ciclo de sueño-vigilia, sino solamente el de vigilia”.
Para el Dr. Avdaloff, la enfermedad se torna sumamente interesante a partir del hecho de que rompe una estructura que se pensaba era indestructible, que es precisamente la del sueño-vigilia. Y es que para que se produzca el sueño -indica el neurólogo- hay muchas variables y funciones involucradas; en otras palabras “hay una serie de núcleos del cerebro que interactúan, por lo tanto el sueño no es un mecanismo único”. Éste presenta al menos cuatro etapas de sueño profundo y dos de sueño REM (movimiento rápido de los ojos) que a su vez también se divide en dos grupos. “Cada una de estas etapas cumple diversas funciones, las que gatilladas por núcleos cerebrales distintos, implican la activación de ciertas áreas de cerebro y la inhibición de otras. La concordancia es la que lleva a la aparición del sueño. Lo fundamental, sin embargo, para que se origine es que se produzca la inhibición de una vía cerebral llamada sistema reticular ascendente, que existe en el tronco del cerebro. Éste es el que energiza el cerebro y el que mantiene la vigilia, la alerta. Para inhibirlo se necesita el trabajo del sistema reticular descendente, el que de alguna manera lo pone en reposo. Esta estructura es la responsable del mecanismo sueño-vigilia”. Ahora bien, en una persona que padece de IFF lo que sucede es que el sistema reticular descendente desaparece, lo que provoca que el cerebro esté permanentemente estimulado; es decir, constantemente en vigilia. El Dr. Avdaloff admite que hay estudios practicados en humanos sanos donde se les ha privado total y absolutamente del sueño durante al menos cinco días y las reacciones son verdaderamente impactantes. “El funcionamiento mental y cerebral se hace extremadamente deficiente a partir del segundo día. Durante el tercer día de vigilia tienen severas alteraciones de memoria y de concentración, y a partir del cuarto día, se evidencian graves trastornos de desorientación, de coordinación, de la marcha y de las funciones vitales, como la alimentación”. En experimentos, jamás se ha pasado de los cinco días de privación total de sueño, pues se sabe con certeza que la persona podría morir. “La causa de muerte es la pérdida del control homoestático; es decir, que no se logró el periodo de recuperación de la energía, haciendo que la persona se consuma literalmente como una vela”, enfatiza el especialista.

Al menos 30 de los descendientes de Giacomo fallecieron de esta manera en el pasado siglo –13 desde 1973 y siete en la última década–. Entre los que viven, al menos 25 tienen el gen que causa la enfermedad. Dentro de la región de Veneto en Italia, donde todavía vive la mayor parte de la familia, la historia sobre la maldición que aqueja a los descendientes de Giacomo ha ido pasando de generación en generación. La gente del pueblo habla a sus espaldas. Aunque las mujeres tienden a ser bellas y la familia muy culta y adinerada, para ellos es difícil encontrar cónyuges. La familia no puede comprar un seguro de vida. “Hace un tiempo traté de adquirir uno”, dice Elisabetta Roiter, tataranieta de Giacomo, “y después de que llené la solicitud, la mujer de la oficina me preguntó: ‘¿En qué etapa estás de la enfermedad familiar?’”.
A mediados de los años ochenta, los diarios italianos relataron la historia de la familia de Elisabetta y causaron revuelo. Una familia rica que tenía un problema: la falta de sueño. Aunque sea raro para la lengua italiana, no hay palabra alguna para designar este mal. La familia atrajo la atención de los medios, al mismo tiempo que surgió otro nuevo padecimiento en Europa: la enfermedad de las vacas locas. Los niños del lugar se acercaban a la casa de Elisabetta y mugían como vacas. La familia se encontraba muy desconcertada. La misma Elisabetta sufrió un ataque psicosomático de insomnio. Pero, a su manera cruel, los niños locales habían intuido algo importante. La corazonada que tuvieron de que la enfermedad de las vacas locas y el insomnio familiar fatal estaban relacionadas resultó cierta. De hecho, este descubrimiento hizo que se pudiera conocer más sobre dicho mal.
160 años después de la muerte de Giacomo, en 1997, el rey de Suecia estrechó la mano de Stanley B. Prusiner, profesor de la Universidad de California en San Francisco, y le otorgó el Premio Nobel de Medicina. En raras ocasiones este galardón se ha otorgado a investigadores independientes, pero el trabajo de Prusiner fue excepcional. Había demostrado que, bajo ciertas condiciones, las proteínas naturales del cuerpo pueden deformarse y volverse en su contra. Pueden hacer que el cuerpo se devore a sí mismo.
Bautizó a estas anormales proteínas con el exótico nombre de priones, y las definió como las causantes de una clase rara de dolencias degenerativas cerebrales: la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ) por un lado, y más importante, la encefalopatía espongiforme bovina (EEB). En los humanos, la EEB, conocida como síndrome de la vaca loca, se convierte en una variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.
Aunque en Chile no hay evidencias de existan casos de personas afectadas de IFF, lamentablemente sí hay -a pesar de la baja incidencia de uno caso en un millón de personas- un porcentaje importante de familias que padecen de ECJ. El Dr. Avdaloff explica que todo comenzó en la década del 70 en las cercanías de Chillán. “Allí varias personas compartían la costumbre de consumir sangre e interiores de vacas. Problablemente uno o más de estos animales estaba infectado y les contagió el mal. Ellos a su vez se lo transmitieron genéticamente a su decendencia”. La Dra. Julia Santín, neuróloga del Dpto. de Neurología de la Universidad Católica y directora del Centro del Sueño de la Universidad Católica, explica que los pacientes afectados de la ECJ también presentan trastornos del sueño como manifestación clínica de inicio, “sin embargo, la diferencia con el IFF es que el insomnio no suele ser el síntoma predominante”.
En la época en que Prusiner recibió el premio, el ECJ había matado a poco más de veinte personas en Inglaterra y a una en Francia. Desde entonces han muerto cerca de 80 y se ha extendido a todo el ganado de Europa. Podría incluso matar a cientos, y hasta miles de personas. La verdad es que no se puede saber, pues la enfermedad tiene un periodo muy largo de incubación. De hecho, la enfermedad de la vaca loca logró atraer sobre Prusiner y sus priones una atención que una sola familia de Veneto nunca tuvo.
Pero ¿cómo pudo Prusiner demostrar que estas proteínas deficientes podían causar enfermedades? Su experimento clave fue muy sencillo. Tomó material que extrajo del cerebro de integrantes de la familia de Elisabetta que habían muerto de IFF. Después inyectó este material en ratones genéticamente modificados para producir priones humanos. Los ratones se enfermaron de IFF. Realizó el mismo experimento con materia cerebral de víctimas de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob y obtuvo resultados similares. Después mató a los roedores e inyectó los priones de los ratones enfermos en sanos, y una vez más, contrajeron las dos enfermedades. La conclusión fue clara: los priones malignos causan enfermedades, justo como los parásitos, virus o bacterias.
En los años posteriores al histórico experimento de Prusiner, el IFF se ha convertido en algo más que una enfermedad interesante. Se ubica justo en medio de dos áreas nuevas e intrigantes de interés científico: la privación del sueño y la investigación sobre priones. De ahí entonces que la Dra. Julia Santín, explique que el IFF hay que analizarlo no sólo como un trastorno del sueño, sino más bien “como un padecimiento neurodegenerativo, cuya principal manifestación es un insomnio gravísimo como presentación inicial y refractario a los tratamientos habituales.”
En las últimas dos décadas, los descendientes de Giacomo han pasado de parias locales a una familia cuyo material genético es codiciado por científicos de todo el mundo. Mientras tanto, investigadores que exploran las bases del sueño estudian a detalle a aquellos que han contraído el mal. No obstante, muchas preguntas sobre el insomnio familiar fatal siguen sin tener una respuesta. Aunque la mayoría de las víctimas enferman en edad mediana, ¿por qué algunos la han contraído en la adolescencia? ¿Por qué otros tienen el gen, pero nunca desarrollan el mal? ¿Podría el estudio de estas irregularidades ofrecer una solución para detener la propagación de enfermedades humanas causadas por priones, o para tratarlas antes de que se empiecen a desarrollar los síntomas? Muchos investigadores, entre ellos el propio Prusiner, piensan que sí –lo que garantiza que la familia de Elisabetta recibirá más y más atención en los próximos años–. De igual forma piensa el Dr. Avdaloff, para quien el tratamiento, lo más probable es que no llegue directamente por el análisis del IFF, por la baja incidencia que existe, “pero sí, por ejemplo a través de la ECJ donde hay mucho interés ciéntífico”.

Elisabetta y su marido, Ignazio, tienen una hija de 14 años. Viven a unos cuantos kilómetros de donde vivía Giacomo, el ancestro de Elisabetta. Su hija es alta, de espalda amplia y cabello castaño. Cuando llegué a su casa, la niña no conocía el motivo de mi visita, pues su familia no le quería decir. Como lo diría su madre, “todavía no estaba lista para esa noticia”. De cualquier modo, dentro de su mundo de adolescente, ni siquiera estaba intrigada. Cuando comenzamos a hablar de la enfermedad de las vacas locas, Elisabetta e Ignazio se pusieron tensos, pero su hija dijo despreocupada que le encantaba la carne y que no iba a dejar de comerla.
Su madre es diferente. Elisabetta es menuda e intensa. Parece que el gen de Giacomo se hubiera saltado una generación. Tiene 50 años, cabello castaño claro y bolsas bajo los ojos. Tiembla y llora con frecuencia. No maneja, pues se mueve por el pueblo y sus vacíos canales en bicicleta. Elisabetta perdió a su abuelo, dos tías y un tío debido a la enfermedad. Aunque las probabilidades de tener insomnio familiar fatal sean de una en 33 millones, en su familia son de una en dos. “Pierde un familiar cada tres años aproximadamente”, destaca Ignazio. Desde hace varios años, Elisabetta también ha sido responsable de un proyecto familiar para confrontar el padecimiento, pero no fue algo que decidiera con facilidad. Creció en un hogar de costumbres religiosas estrictas, donde las enfermedades se consideraban una especie de destino. Sin embargo, su entusiasmo e inteligencia la llevaron a estudiar enfermería. Un día en 1971, su abuela tuvo que realizarse una operación menor en el mismo hospital veneciano donde Pietro, el abuelo de Elisabetta, murió en 1944. Uno de los médicos sacó el viejo expediente de Pietro.
El reporte decía que había muerto de encefalitis. “La familia simplemente se resignaba con estos diagnósticos”, recuerda Elisabetta. “Y nosotros teníamos nuestro propios mitos. Mi abuela, por ejemplo, le llamaba la ‘enfermedad del agotamiento’, porque creía que se desarrollaba después de un momento de extremo estrés.” Para Elisabetta, esas creencias eran sólo una manera de negación. Fue por esa razón que decidió leer el expediente del hospital, donde de inmediato encontró algo sospechoso. En la sección de ‘líquido cefalorraquídeo’ se había anotado “claro como el agua de un arroyo” (la medicina italiana acostumbra a utilizar estos raros términos elegantes). Elisabetta había practicado antes punciones lumbares y pensó que lo que acababa de leer era muy poco probable. El líquido cefalorraquídeo en víctimas de encefalitis casi siempre muestra algún tipo de contaminación por la enfermedad. Compartió con su madre y abuela su inquietud, pero ellas le recomendaron superar el pasado. Sin embargo, Elisabetta siguió investigando y, como el propio Ignazio estudiaba medicina, éste aceptó ayudarla en la resolución del misterio.
Unos años más tarde, Elisabetta recibió la visita de una de sus tías. Tenía 48 años, acababa de pasar por la menopausia y además parecía deprimida. No podía dormir y fue a pedirle un sedante a Ignazio. Pero el medicamento no funcionó y la tía empezó a alucinar y a desesperarse por su perpetua vigilia. Ignazio y Elisabetta la llevaron con un neurólogo de Padua que, equivocadamente, le diagnosticó demencia. “El paciente entiende todo”, dijo Ignazio respecto a la enfermedad. “Saben que están atrapados en una extraña clase de perpetuo agotamiento, pero sus mentes están lúcidas.” La tía murió unos meses después, pesando 29 kilos. Elisabetta recuerda cómo el día que le practicaron la autopsia, los doctores salieron del anfiteatro con las manos cubiertas de sangre y diciendo bo. ‘Bo’ es la expresión en italiano empleada para decir: “No tenemos idea y nunca lo vamos a saber”. Como causa de muerte un funcionario del hospital escribió “encefalitis de origen indeterminado”.
Cinco años más tarde, en 1978, otra tía fue víctima de la enfermedad y también murió después de haber sido examinada en Padua. Esta vez después de la autopsia, Ignazio guardó el cerebro. Tomó delgadas muestras que conservó en parafina y se las llevó a un famoso neurólogo de Ginebra, Suiza, el doctor Johannes Wildi. Ignazio y Elisabetta pronto recibieron una carta detallada. Wildi no sabía qué había matado a la tía de Elisabetta, pero notó que el deterioro del cerebro se parecía al de uno con enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Le confundían una serie de pequeñas lesiones en el tálamo. Este órgano sirve como estación de paso para la información que viaja del cerebro al cuerpo y de regreso. Sin él no podríamos pensar coherentemente o mantener el equilibro. Es más, la Dra. Santín explica que el tálamo es el generador de los usos del sueño. “Sin él o con él atrofiado, como en este caso, es imposible la configuración normal del sueño”.
En 1984, Elisabetta recibió otra visita; esta vez era su tío Silvano. Tenía 53 años. Sus ojos se veían pequeños y su cara demacrada. Era obvio lo que le sucedía. Elisabetta estaba destrozada. Ella e Ignazio no habían querido tener hijos hasta asegurarse de que su madre no contraería la enfermedad. El tío Silvano les dijo que había estado sudando tanto que le daba vergüenza bailar. Siempre había sido un magnífico bailarín, elegante y con un pañuelo doblado en la solapa. Ahora, el antiguo donjuán era impotente. Elisabetta, Ignazio y Silvano se imaginaban lo que le pasaría después. Aunque no podían comprobarlo, sabían que lo que mataba a la familia era el insomnio y que no se trataba sólo de una de las características del mal gótico familiar, sino de la característica clave. Y es que tal y como explica la Dra. Santín, el sueño es una necesidad vital, que sobrepasa muchas otras esenciales necesidades. “Los estudios que se han hecho en ratas privadas totalmente de sueño, demuestran cómo en una o dos semanas mueren con pérdida total de la temperatura y una baja de peso importante”.
Elisabetta y su gente entonces decidieron consultar a un experto en desórdenes del sueño y para ello contactaron al profesor Elio Lugaresi, que tenía una clínica en Bolonia. Lugaresi, quien cuenta con muchas investigaciones originales sobre trastornos del sueño, fue el primero en describir las ahora famosas apneas del sueño. De ahí su importancia y de ahí la insistencia de Ignazio quien lo llamó para preguntarle si podría ver al tío de su mujer, a lo que Lugaresi respondió que sí.
Lugaresi recuerda con claridad la llegada de Silvano. Era atractivo y de espalda ancha, “un hombre refinado”. Le colocaron sensores cerebrales en la cabeza y le asignaron un cuarto con una cama cómoda, donde una videograbadora captaba su comportamiento.
La perversa patología del IFF ha estimulado la imaginación de los científicos. Un investigador de priones comentó que la familia de Elisabetta le recordaba la peste del insomnio del pueblo imaginario de Macondo, congelado en su estado de “alucinada lucidez”, según la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
El tío Silvano se internó en la clínica de Lugaresi en la primavera de 1984. Lugaresi me mostró las cintas donde se apreciaba su deterioro y debo decir que me resultó realmente incómodo verlas. Su condición empeoró rápidamente. En una cinta grabada en marzo, sus párpados temblaban sobre sus pequeños ojos. En algunos momentos de lucidez, Silvano todavía podía leer. Recargaba sus lentes sobre la punta de su nariz y seguía utilizando un pañuelo en la solapa de su pijama. Iba marcando los días en un tablero. Hay algunos videos donde pasa la noche peinando su cabello con un estupor alucinante, como pensando de qué manera prepararse para ir a una fiesta. Dos meses más tarde, se puede ver también en los videos cómo grita por las noches encogido de piernas y brazos. Los últimos días de su vida permanecía en un estado entre nervioso y de cansancio. La muerte del tío proporcionó a la familia la esperanza que hace tiempo se les había negado. Lugaresi había programado que un patólogo estuviera disponible las 24 horas del día. Así pues, en unas horas se extrajo el cerebro de Silvano, se colocó en formol y fue enviado a Pierluigi Gambetti, un antiguo alumno de Lugaresi que dirigía un laboratorio de neuropatología en la Universidad Case Western Reserve de Cleveland, USA. Lugaresi indicó a Gambetti que observara con cuidado el hipotálamo y el tronco cerebral, regiones que supuestamente controlan el sueño. Gambetti cortó el cerebro en cientos de pedazos. Aunque parezca raro, el tejido parecía sano, a excepción de algunas pequeñas lesiones en la parte del tálamo. El descubrimiento le intrigó tanto como a Lugaresi. ¿Por qué el tálamo? Nadie tenía una respuesta clara. Lugaresi necesitaba obtener más información, y más cerebros.
Elisabetta e Ignazio comenzaron a elaborar un detallado historial de la familia. Elisabetta llamó a sus parientes para preguntarles si sabían de alguien que hubiera muerto en circunstancias extrañas. Descubrieron información en archivos de iglesias de Veneto; con cámara en mano, Ignazio logró buscar algunos apellidos de la familia. Fue de este modo que descubrió a parientes desconocidos, entre ellos uno que supuestamente había muerto de esquizofrenia en Ginebra y cuyo cerebro había sido conservado por un miembro perplejo de la clínica. La búsqueda de los orígenes de la enfermedad les dio un objetivo común, una manera de lidiar con lo terrible. Para entonces, la madre de Elisabetta había cumplido 65 años y sobrepasado la edad en la que suele presentarse el IFF. Poco tiempo después Elisabetta e Ignazio concibieron a su hija, que nació en 1986.
Después llegó un segundo y trágico golpe de suerte. Ignazio se enteró de que Teresa, de 36 años, hermana de una prima lejana de Elisabetta, empezaba a tener un comportamiento extraño. Se tropezaba con objetos de la casa y sudaba. Su hermana la llevó a la clínica de Bolonia. De todas las muertes que los médicos presenciaron y filmaron, la de ella fue quizá la más triste –tal vez porque la enfermedad, por razones desconocidas, la atacó a una edad mucho más temprana.
Teresa, madre de dos hijos, se veía animada los primeros momentos en la clínica, vistiendo un suéter rojo, con rostro relajado y gruesos labios. Incluso algunos meses después, cuando inclinaba su cabeza hacia adelante en un vano intento por dormir, si algún investigador le tocaba el hombro, saltaba y sonreía. Pero la enfermedad es implacable. Fue despojándola de la suavidad de sus mejillas. Su cara parecía una mala copia de la de una estudiante desvelada. Le empezaron a aparecer círculos negros alrededor de los ojos. Como en otros integrantes de la familia, cayó en un estado de semicoma por el agotamiento; los músculos de su rostro se movían involuntariamente y murió. Fallecieron más miembros de la familia. Unos gemelos con sólo dos años de diferencia y el tío de Teresa.
Sentados en la sala de la residencia Roiter, Elisabetta, Ignazio y los investigadores de Bolonia acuerdan en dar el nombre de insomnio familiar fatal a la enfermedad. Mientras tanto, en el laboratorio de Gambetti se empezó a tener cada vez más conocimiento sobre este mal. Sin embargo, la causa precisa seguía eludiendo a los investigadores. Por separado, Gambetti y Lugaresi notaron algo impactante sobre la enfermedad. Dentro de las gráficas que documentaban la actividad cerebral de Teresa, Lugaresi vio movimientos similares a los de pacientes con enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. En Estados Unidos, Gambetti examinaba el cerebro real y notó que estaba lleno de pequeños agujeros: el tejido era espongiforme. Los dos comenzaron a sospechar que lo que tenían en sus manos no era una infección común. Ambos tenían conocimiento de la controvertida teoría de Stanley Prusiner acerca de los priones. ¿Tendría razón con respecto a los priones como causantes del IFF? Efectivamente.
En 1992 el equipo de investigación de Gambetti secuenció el material genético de la familia e identificó la mutación que causa el IFF. El Dr. Avdaloff explica que “la mutación se da específicamente en el codón 178 del cromosoma 20, donde ocurre un reemplazo del ácido aspártico por asparagina. Esta misma mutación ocurre en la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, pero difiere en muchos aspectos”. Definida la mutación, el equipo de Gambetti estaba en condiciones de aplicar una prueba a la familia. Elisabetta convenció a algunos renuentes a que participaran. La mitad de los 50 parientes examinados portaba el gen fatal. Fue entonces cuando Gambetti llamó a Stanley Prusiner y le preguntó si quería usar un poco de tejido cerebral de la familia. Prusiner tenía ratones con el gen del prión humano, y Gambetti no tenía nada –sin ellos no podía comprobar que los priones causaban el IFF–. Además Prusiner había apoyado mucho a Gambetti. “Sin él no habríamos logrado que la enfermedad fuera reconocida tan rápido”, dijo Gambetti. Posteriormente le mandó los especímenes.
Para Prusiner esto significó una inesperada luz para su argumento. Llevaba veinte años tratando de demostrar que algunas clases de enfermedades eran causadas por proteínas malignas de los organismos. Parecía algo contradictorio, por decir sólo algo. Las proteínas no tienen ácido nucleico y, por lo tanto, no tienen un medio para reproducirse o replicarse; sin embargo, Prusiner afirmaba que se podían diseminar como una infección, apoderándose de las proteínas sanas y transformándolas en armas mortales para el organismo. No era una idea inconcebible; un ejemplo de ello es que ese patrón ya se había observado en las proteínas de la levadura. Algunas proteínas en las células cerebrales de gente, cuyo Alzheimer es hereditario, también sufren una alteración ocasionada por las proteínas contiguas.
Una manera de ilustrar una infección de priones es introduciendo un cristal congelado dentro de una cubeta de agua. Como resultado, el resto del agua también se congela, desde la partícula más cercana hasta la más lejana. Pero ¿cuál podría ser el propósito biológico de esto, si los priones no tienen material genético qué heredar? Ya que no están vivos, no tienen motivo alguno para matar.
Utilizando la materia cerebral de Teresa y otro de sus parientes, Prusiner realizó sus experimentos más importantes en 1996. Finalmente, sus ratones habían enfermado de IFF y Prusiner por fin pudo confirmar su teoría. Los causantes de la enfermedad eran lo priones anormales. En otras palabras “el prión, que era una proteína normal, debido a la mutación cambió su configuración espacial, volviéndolo resistente y transmisible”, indica la Dra. Santín. Para Prusiner, el logro de obtener el estándar de prueba básico para un agente infeccioso, le valió un año más tarde nada menos que el Premio Nobel.
Pero no todos los científicos están convencidos de la importancia de los priones. De hecho, un pequeño grupo de biólogos aún cree que dentro de estas proteínas se oculta una especie de virus que ataca lentamente, algo más que está llegando al tejido cerebral y hace que las personas se enfermen. La base de sus opiniones reside en que nadie ha sido capaz de hacer que un prión humano se convierta en un arma letal en pruebas de laboratorio. El mismo Prusiner cree que hay alguna proteína que ayuda a que esto suceda en el proceso, a la que asigna el vago nombre de “proteína X”.
No obstante, cada vez existen más pruebas circunstanciales que apoyan su tesis básica. Por un lado, aquellos que mueren de enfermedades causadas por priones (ver recuadro) nunca presentan signos de infección –no tienen células blancas hinchadas o muertas, ni algún otro síntoma de inflamación–. Además, los pacientes no pueden contagiar la enfermedad de una manera convencional. Nadie, en la familia de Elisabetta, por citar un ejemplo, ha infectado a algún vecino o a su cónyuge. Pero la principal razón por la que la teoría de los priones es factible, es simplemente que no existe una mejor explicación. Como Gambetti dijo una vez, “cada año que pasa sin que surja una mejor solución, las pruebas que presentan los priones se hacen más contundentes”. Para Elisabetta y su familia, el Nobel de Prusiner no trajo grandes cambios, ya que sus parientes siguen muriendo. Una nueva generación se acerca a la edad de mayor riesgo. Algunos han empezado a cuestionarse si vale la pena sufrir todo el proceso –los análisis de sangre, la publicidad, la discriminación–. Otros se preguntan si Elisabetta, a quien se diagnosticó como no portadora del gen en 1993, e Ignazio conducen la investigación por motivos personales. Los familiares aún no pueden saber si portan o no el gen del IFF; los investigadores de Bolonia se rehúsan a revelar esta información hasta que se encuentre una cura. Lo único que pueden pedir es que “manden noticias de Cleveland”.
Cuando Gambetti supo de la decepción de la familia se sintió realmente desconcertado. Es un hombre alto, su cabello oscuro empieza a escasear y anda encorvado. Imagino que será por las horas que ha pasado estudiando tejido cerebral frente a un microscopio. Su laboratorio en Case Western es el centro estadounidense de supervisión de epidemias causadas por enfermedades de priones.
Dentro, hay un congelador con el símbolo de material tóxico, lleno de sustancia cerebral que se sospecha infectado. En el sótano hay otro congelador con cientos de cerebros, entre ellos los de la familia de Elisabetta. Este laboratorio es el cementerio rodeado de cipreses cercano a la casa de Elisabetta, es decir, la verdadera tumba del clan de Giacomo. Si la electricidad llega a fallar, el teléfono suena automáticamente en casa de Gambetti. En la era de la EEB, el privilegiado cerebro de Gambetti, uno de los más grandes del mundo, es sumamente valioso.
Durante mi visita al laboratorio de Gambetti, el teléfono sonó. Sólo pude escuchar parte de la conversación y esto fue lo que decían: “¿Pero tienes manera de mantenerlo congelado? ¿Tienes un refrigerador? Mira si cabe en el congelador entonces. ¿Y si usas hielo seco?”
Una vez que cuelga, comienza a hablar con elocuencia sobre los beneficios científicos que se han obtenido con el estudio de los cerebros de la familia de Elisabetta. Lamentaba la desgracia por la que pasaba la familia. “Lo bueno”, me dice, “es que la investigación de enfermedades causadas por priones no tiene que enfocarse en el IFF para que resulte benéfica”. Según comenta, uno de sus equipos trabaja en una vacuna contra la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ). En otro de los interesantes descubrimientos del equipo de Gambetti, se comprobó que las variantes del mismo gen de proteína priónica pueden causar IFF y ECJ.
Tuve la oportunidad de ver tanto el lesionado tálamo de Silvano bajo el microscopio, como a los ratones a los que el equipo de Gambetti insertó el gen humano del IFF. Si pudieran descubrir cómo iniciar y detener el proceso en el que los priones convierten a otros priones, no sólo curarían el IFF y la ECJ, sino también podrían encontrar tratamientos como, por ejemplo, para el Alzheimer. El laboratorio de Prusiner en San Francisco también realiza experimentos similares con el objetivo de conseguir una cura para este mal degenerativo.

Mientras me enseñaba su laboratorio, Gambetti mencionó que los pacientes con IFF también representan una importante oportunidad para comprender el insomnio común. Si bien es cierto, la función del sueño ha sido motivo de antiguos debates. ¿Existe para mantenernos fuera de peligro una parte del día? ¿Para procesar el material recién aprendido? ¿Para ayudarnos a olvidar información inútil? ¿Para mejorar las funciones inmunológicas? ¿Sirve para algo? “Si el sueño no tiene una función absolutamente vital, es el mayor error que haya cometido la evolución”, escribió Allan Rechtschaffen, un conocido investigador del sueño estadounidense. Como se puede comprobar en las cintas de los parientes de Elisabetta, las víctimas de IFF acumulan una gran deuda de sueño –cientos de veces mayor que la que se ha logrado en personas sujetas a experimentos.
No podemos vivir sin dormir. Al mismo tiempo, esta catastrófica enfermedad sólo ocasiona un limitado daño cerebral (principalmente en el tálamo). Grandes porciones del cerebro permanecen intactas. Este descubrimiento ha conmocionado a investigadores y patólogos, pero también ha arrojado nuevas posibilidades para ayudar a los insomnes normales.
“Si yo fuera el director del Instituto Nacional de la Salud, invertiría más en la investigación del IFF”, dijo William Dement, fundador de la clínica de desórdenes del sueño en la Universidad de Stanford. “Tal vez se encontraría una cura para el insomnio. Al menos se podrían fabricar medicamentos para dormir infinitamente más seguras y prácticas. No tendríamos que afectar a miles de millones de pacientes como lo hacemos ahora para lograr el resultado deseado, que es la conciliación de un sueño seguro y profundo.”
Gambetti, por su parte, predice una cura para el IFF en los próximos diez años. No será una década fácil para él. “Cuando empecé con este proyecto, pensaba que el Alzheimer era la peor enfermedad que uno podía contraer. Pero ¿ver cómo se desintegra alguien querido en tu cara, y que además la persona esté consciente de lo que le pasa? De algún modo, su inusitada existencia hace que sea incluso peor, creo yo. Ahora pienso que un accidente automovilístico es menos cruel”, dice el investigador.
Un día antes de que viajara a Italia, otro de los primos de Elisabetta murió. Ella e Ignazio hicieron el habitual recorrido hacia el cementerio rodeado de cipreses. Cuando nos reunimos, ella aún vestía de luto. Al día siguiente, el hijo de la última víctima me llamó. Había puesto Alzheimer como causa de muerte en el acta de defunción de su padre. Quería explicarme por qué lo hizo y por qué no quería saber si él tenía el gen del IFF. Lo había hecho por problemas con el seguro y la discriminación a la que han sido sujetos, y también, destacó con gran seriedad en la voz por su reciente pérdida, “el estrés de las pruebas puede desatar la enfermedad. Y además, ¿qué puede hacer uno con la noticia? No hay cura. Tal vez habrá una un día, pero ahora no la hay. Prefiero confiar en mi fe”. –The New York Times Services/Traducción de Claudia Ordóñez.